Al final era esto el invierno.

Maletas de nieve apiladas por el sol,

sahumerios de enebro,

ramitas de abrojo.

 

Encender ese fósforo de agua,

confirmar el milagro

de mis dotes antiguas.

 

Ser como esquimales

con la sola virtud 

de orearse en la lluvia.

 

Y ese zas de los tilos titilando,

esta lluvia del polen

convertida en un don.

 

 

¿De qué plenitud eres,

mi pequeña,

el átomo más bello?

 

 

 

¡Ah el tema del cuerpo!

¡Cómo hablé! ¡Lo que no dije...!

Tomando claras, cocinar el aire.

 

Una generación más de filólogos

tropezaba con los bargueños

con la bici

con la vejez pulcra de mi casa

en la ciudad de los cien poetas.

 

El invitado construía un flujo

ordenaba análisis:

 

mantener el equilibrio sobre la razón,

como un capitel ya sin volutas,

auténtico,

me produce mareo, rinde poco.

Más bien, ser como la tarde, la casa;

un lebrillo volcado.

 

 

 

Y si la seriedad se ríe, dad

un bastonazo a la serpiente

y que vuelva su verbo a extender

la mano y sus floretes

a quien entra en palacio

y, con oficio, le retasa

el valor a las cosas

que ya de lejos gustan.

 

Hay algo arriba, en la cabeza,

adornando la vía

entre forma y deseo.

Son policías vendidos al gusto

en la aduana del mundo

conmigo.